Absolución de Alves: el manual de la víctima perfecta

La conclusión escandalosa es: no solo tienes que ser víctima, también parecerlo de acuerdo a los estándares marcados por el patriarcado y la cultura de la violación. Hay que parecer víctimas antes, durante y después

La sentencia que hace más de un año condenó a Dani Alves por agresión sexual pareció la constatación de que, al fin, se veían en los juzgados los avances legislativos, políticos y sociales en materia de delitos contra la libertad sexual que comenzaron a gestarse tras el caso de la Manada. Fue un espejismo, una ensoñación, una prueba más de que nunca hay que dar para por conseguido. La sentencia absolutoria así nos lo hace saber: el tiempo de escuchar y de creer a la víctima se ha acabado.

Aquella sentencia, casi pedagógica, hablaba del consentimiento que debe darse en toda relación sexual y que puede retirarse en cualquier momento, derrumbaba algunos de los mitos de la cultura de la violación que pone el foco en la actitud previa o posterior de la víctima, se extendía sobre la credibilidad de la persona agredida en unos delitos que se cometen la mayoría de las veces fuera de cualquier ojo, en el que el relato de la mujer es la única o principal prueba, remarcaba que no eran precisas las heridas físicas para la existencia de violación y hablaba de evitar la revictimización, el daño añadido al daño principal durante el proceso y el juicio. El proceso, desde la denuncia a la sentencia, fue impecable, desde los protocolos de actuación del local y la actuación de los Mossos al trato dado a la víctima por todos las instituciones implicadas en atenderla y dar cauce a su denuncia. El tiempo ha demostrado que todo fue demasiado impecable para ser la norma general y no lo que fue, una excepción que ahora es revocada.

La presunción de inocencia es uno de los pilares de cualquier sistema penal. Nadie, tampoco las feministas, como se repite de forma insistente desde algunos foros, lo pone en duda. Aquí no se trata de la presunción de inocencia, se trata de la presunción de culpabilidad de la víctima. Lo que pervive es el mito de la víctima perfecta. Una víctima de violación solo lo será sin ninguna duda si antes, durante y después de la agresión se ha comportado como la víctima perfecta: una persona de la que nadie, absolutamente nadie, dude.

¿Qué dice la sentencia absolutoria? Que la víctima, en su declaración, explicó que ella y sus amigas estaban incómodas en el reservado del Sutton al que subieron con Alves y sus amigos, en el momento previo a la agresión sexual. “No se compadece lo que dice, que estaban incómodas, con lo que luego se ve en las imágenes”, asegura el tribunal, que señala que se la observa “participar en el baile con el acusado de la misma manera que lo harían cualesquiera otras personas dispuestas a pasárselo bien”. Eso, la percepción por parte de unos jueces de que ella no estaba incómoda –al contrario, bailó con el acusado–, invalida el resto del testimonio, lo que ocurrió a puerta cerrada, la violación. Si no hubiera bailado, si hubiera hecho notar de manera más patente su incomodidad previa, si no hubiera ido al reservado, en definitiva, si no se hubiera comportado como una chica normal y libre, entonces sí creeríamos que fue violada. Tampoco es prueba para este tribunal la primera declaración ante el mosso que la atendió ni los informes psicológicos posteriores porque “no determina que el estado, ansiedad generalizada o estrés postraumático de la denunciante sea solo consecuencia de los hechos”.

El testimonio de la víctima no es, pues, fiable. No importa que ella haya mantenido la misma versión desde su primera declaración y él, Alves, haya cambiado la suya hasta tres veces, del “no la conozco de nada” a “no hubo penetración” y finalmente, ante las pruebas de que sí hubo penetración, que “todo fue consentido”. No importa que la familia y el entorno del agresor hayan acosado a la víctima, difundiendo su nombre y vídeos de ella con sus amigas (qué víctima merecedora de este nombre sale a divertirse con sus amigas y no se encierra en su casa a llorar), no importan los intentos de Alves de callarla o sobornarla.

La conclusión escandalosa es: no solo tienes que ser víctima, también parecerlo de acuerdo a los estándares marcados por el patriarcado y la cultura de la violación. Hay que parecer víctimas antes, durante y después. Si no estás segura de cumplir estos requisitos y no llevas una cámara o un micrófono en el bolso para apoyar tu versión, la justicia te dice que más vale que no denuncies. Es la impunidad, y no la presunción de inocencia, lo que está asegurado. El mensaje es claro: cuanto menos libres sean las mujeres, más posibilidades tendrán de ser creídas por la justicia si algún día las violan. Nuestro mensaje, de apoyo a la víctima, también debe serlo.