Guerra y paz

Seguiremos siendo pacíficos y respetuosos, al menos eso espero, pero no a costa de que nos invadan y arramblen con nuestros principios, nuestras libertades y nuestra dignidad. Hemos sido los hermanos pequeños durante demasiado tiempo y antes o después hay que crecer

Una de las frases que me quedaron de mis seis años de latín (cuatro en el instituto y dos en la universidad) es “Si vis pacem, para bellum” –si quieres la paz, prepara la guerra–, que, en la época, no acabé de comprender porque yo entonces estaba convencida, siendo como era admiradora de los flower children de la generación anterior, de que solo la paz engendra la paz y que la violencia nunca es solución.

En mi juventud, la mayor parte de las personas que me rodeaban habían sufrido una guerra en carne propia –unos la Guerra Civil española, otros la Segunda Guerra Mundial–, muchas de las novelas que leíamos tenían relación con la espantosa experiencia bélica, con la increíble crueldad de la que somos capaces los seres humanos cuando podemos, la destrucción casi completa no solo de vidas y de ciudades, infraestructuras y patrimonio personal sino de todos los valores que nos permitían seguir llamándonos humanos. Veíamos muchísimas películas de guerra (sesgadas, claro) en las que se nos presentaba el horror que, sesgado o no, era perfectamente real.

Si algo había común a todas las personas y los países que yo conocía era el “nunca más”. “Nunca más otra guerra.” 

Pero parece que somos más olvidadizos de lo que creemos y en menos de cien años se nos ha olvidado (al no vivirlo en carne propia) que una guerra es lo peor que nos puede pasar y hay países que han empezado ya y están preparándose para más, aprovechando nuestra desmemoria.

Desde los años cincuenta, nuestros países occidentales, bajo la “bondadosa protección” del hermano mayor estadounidense y con el enemigo común soviético, pero en “guerra fría”, empezaron a creerse que la paz era posible, que los ejércitos ya no hacían ninguna falta, que podíamos ir debilitando nuestras capacidades armamentísticas, que no había que entrenar a la población para defender sus fronteras, caso de hacerse necesario. ¿Por qué iba a ser necesario? Los grandes tenían armas nucleares que podían desencadenar una hecatombe mundial, pero ambos bloques las tenían por igual, de manera que ninguno de ellos las usaría jamás, pensábamos. Podíamos dedicarnos tranquilamente a nuestras pequeñas guerras políticas entre partidos, podíamos seguir amasando dinero, acaparando poder, dejando que la sociedad se fuera volviendo cada vez más individualista, egoísta, narcisista, depresiva… tantas cosas que nos hacen presa fácil de los que nunca han dejado de preparar la guerra, de los que solo han estado esperando el momento adecuado para irrumpir como elefantes en tienda de porcelanas y arramblar con todo, simplemente porque pueden. Porque creen que pueden.

Las cosas han cambiado. Mucho. Vamos a tener que empezar a despedirnos, al menos en parte, del concepto que teníamos de nosotros mismos para poder hacer frente a esa actitud de los que antes eran nuestros aliados y, suponíamos, nuestros amigos.

Es difícil, cuando uno es una persona pacífica, educada, cortés –con sus intereses, por supuesto, pero respetuosa de las reglas del juego–saber cómo enfrentarse a un matón de barrio. Y eso es lo que nos está pasando ahora mismo con Estados Unidos, con Rusia, con Hungría… con todos esos países que antes jugaban a un juego que tenía reglas consensuadas por todos los participantes y ahora, de repente, han decidido apartar toda decencia y empezar a comportarse como sicarios de alguna mafia o cartel. De momento no sabemos qué hacer y reaccionamos con la clásica parálisis del conejo frente a los faros del coche que lo va a arrollar.

Pero no vamos a tener más remedio que salir del estupor, de esa incredulidad frente a lo que está sucediendo, y empezar a cambiar. Seguiremos siendo pacíficos y respetuosos, al menos eso espero, pero no a costa de que nos invadan y arramblen con nuestros principios, nuestras libertades y nuestra dignidad. Hemos sido los hermanos pequeños durante demasiado tiempo y antes o después hay que crecer.

Es inquietante leer que hay que prepararse para un eventual ataque que pueda dejarnos sin agua, sin electricidad, sin medicamentos. Uno no se lo quiere creer, igual que no queríamos creernos que la Covid iba a ser una pandemia que paralizaría el mundo durante muchos meses y dejaría graves secuelas, pero, cuanto antes nos creamos que estamos en guerra, antes empezaremos a cambiar de actitud y a prepararnos, al menos mentalmente.

Tenemos que ser capaces de defendernos. No podemos dejar que ciertos tiranos ignorantes, groseros y sociópatas decidan lo que nosotros tenemos que hacer.

Si un buen día, tu vecino de enfrente tira la pared divisoria entre los dos pisos y te comunica que necesita tu sala de estar porque a él le hace mucha falta y a ti te irá mejor bajo su protección, ¿cederías? ¿Te retirarías al resto de tu piso, confiando en que no necesite también tu dormitorio y tu baño?

Hay ciertas cosas en las que no podemos ceder. No queremos la guerra. Nadie la quiere, pero ¿qué hacemos cuando nos atacan?

Y, cuando aún no nos pasa directamente a nosotros, deberíamos al menos tener la inteligencia y la empatía necesarias para darnos cuenta de que ese antiguo proverbio español que nos suena tan viejuno “cuando las barbas de tu vecino veas rapar, pon las tuyas a remojar” viene simplemente de muchos años de experiencia de abusos y atropellos. Finlandia, Polonia y los países bálticos saben cómo hay que comportarse porque llevan mucho tiempo siendo vecinos de alguien que no es de fiar.

Hay quien dice que España está muy lejos. Geográficamente es verdad, pero ahora el no tener una vecindad inmediata con el agresor no nos va a salvar de nada. Las agresiones ya no se hacen como antes, solamente con hombres armados. Ahora hay muchas otras formas de dejar a un país sin posibilidad de defensa, simplemente cortando la energía, el acceso a los satélites, el internet, enviando enjambres de drones… mil formas. ¿Recuerdan el mito de la torre de Babel, cuando se destruye toda la unión que existía para la construcción de la altiva torre al “confundir” las lenguas, de modo que ya nadie puede entender al otro? Eso es algo que puede pasar en cualquier momento. Los bulos, los fakes, la inmensa cantidad de informaciones cruzadas que ni siquiera sabemos de dónde provienen… hay mil formas de confundir a la población de Europa, de dejar a las buenas gentes sin saber cuál es el camino, hacia dónde dirigirse.

En esa desorientación, a la que se añade el miedo, es muy fácil que ciertos partidos de ultraderecha, (apoyados y pagados por los agresores) simplifiquen los mensajes para que muchas de esas personas asustadas y crédulas sigan a alguien que dice que tiene la solución y que esa solución pasa por someternos a los más fuertes, a los que nos desprecian y manipulan, pero que, a lo mejor, si nos portamos bien, deciden no masacrarnos.

Es lo mismo que pasa con todos los abusos y las violaciones: si te estás quieta y no protestas, quizá puedas seguir viva. Siempre que obedezcas, que te calles, que aplaudas cuando toca y hagas el saludo que les gusta ver a los que mandan.

No quiero volver a eso. Estoy convencida de que ninguno de ustedes quiere volver a eso. Recuerden lo que ocurrió aquí en 1936, lo que ocurrió en Centroeuropa cuando un pobre hombre casi ridículo que muchos pensaban que era una solución temporal tomó el poder y empezó a desmontar los mecanismos sociales. Recuerden la actitud sumisa de Inglaterra, de Francia, frente a los primeros desmanes del partido nacional socialista en Europa. La Historia enseña si uno se molesta en leerla y luego en comparar con lo que sucede en la actualidad. “No es lo mismo”, dicen algunos. No, nunca es lo mismo, pero es tan parecido que da escalofríos.

Ahora, además, resulta que nos tienen en una tenaza entre Rusia -que es lo que siempre ha sido, pero sin máscara- y Estados Unidos, que se ha quitado la piel de cordero y está desmantelando primero su propio país para luego tratar de hacer lo mismo con los nuestros.

Piensen, por favor, en lo que puede traer el futuro si no despertamos rápido. ¿Recuerdan la famosa frase del pastor luterano Martin Niemöller (1946), erróneamente atribuida a veces a Bertolt Brecht?

“Cuando los nazis vinieron a llevarse a los comunistas, me callé porque yo no era comunista./Cuando metieron en la cárcel a los socialdemócratas, guardé silencio, ya que yo no era socialdemócrata./Cuando vinieron a por los sindicalistas, no protesté. Yo no era sindicalista./Cuando cogieron a los judíos, no protesté; yo no era judío./Cuando vinieron a por mí, ya no quedaba nadie que pudiera protestar.”

Piensen en ello, por favor. Nos importa mucho a todos y a todas.