Antonio Andrés Pueyo, catedrático de Psicología: “Vivimos en un estado de pánico social a la violencia”

El catedrático de Psicología de la Violencia de la UB advierte contra la simplificación de los debates alrededor de la delincuencia: «Es todo mucho más complicado como para resolverlo con el argumento de que los niños que ven pornografía serán violadores»

¿Por qué crece la preocupación por la inseguridad? Un cóctel de propaganda, noticias y bulos ajeno a los datos

Antonio Andrés Pueyo es catedrático de Psicología de la Violencia en la Universitat de Barcelona (UB) y uno de los mayores especialistas de España en esta materia. Mientras la política y los medios abordan cada vez más la delincuencia y la seguridad, este experto advierte de que la mayor toma de conciencia sobre crímenes y sucesos empieza a generar “un estado de pánico moral o social a la violencia”, antesala de soluciones propias del populismo punitivo. En la entrevista, también aborda fenómenos mediáticos recientes, como la serie Adolescencia o el libro El Odio.

La tasa de delitos baja en Barcelona, pero la percepción de inseguridad crece. ¿A qué se debe esta paradoja?

Es un fenómeno bastante habitual. A lo largo de la historia, hay muchos momentos en que oscila la preocupación por la violencia, la seguridad y la delincuencia. Es una especie de ola: pasamos de no tener apenas preocupación por la delincuencia a que algunos hechos puntuales, pero graves, a los que la prensa dedica atención, generan una sensación de que las cosas van mal. Y como van mal, hay mucha preocupación por mejorarlas. Es un pez que se muerde la cola.

¿Ha ocurrido siempre o esta ola ahora es de mayor intensidad que en el pasado?

Una de las razones que en los últimos 15 o 20 años ha hecho que la preocupación por la seguridad haya aumentado es, paradójicamente, la conciencia del problema y la voluntad de los gobiernos de combatirlo. Especialmente, por ejemplo, la violencia de género.

Hay un suceso que preocupa a las autoridades, que lanzan campañas de todo tipo: preventivas, de sensibilización, cámaras en las calles o anuncios en la televisión. Eso lo que hace es generalizar un estado de ánimo sobre la importancia que tiene la violencia y, de alguna manera, la gente toma conciencia. Pero eso acaba en lo que yo creo que ahora vivimos, que es un estado de pánico moral o social a la violencia.

¿Qué es este fenómeno?

No voy a calificar las intenciones de nadie, pero surgen fenómenos en paralelo. La gran difusión del true crime o la cantidad de informaciones que aparecen en la prensa sobre sucesos tienen una justificación (es mejor que la gente se conciencie del problema), pero a la vez las personas quedan absolutamente impactadas por los riesgos de victimización que tienen.

Lo digo solo como ejemplo, pero al final parece que el lugar más amable o más protegido, que es la familia, se convierta en el más terrorífico porque es allí donde suceden los abusos sexuales, el castigo físico o la violencia contra la mujer. Todo esto provoca una subjetividad que llega al pánico social: de tener conciencia del rechazo a la violencia contra la mujer o sexual se pasa a esa situación de pánico.

El miedo ha ganado a la conciencia, cuando hace diez años era al revés

¿Qué consecuencias tiene este pánico?

La situación de pánico es muy negativa. Ocurrió con la pandemia. Hay un problema, hay que tratarlo, pero existe el riesgo de que surjan grupos en la sociedad que no se lo crean y lo consideren una manipulación. Estamos siempre yendo hacia adelante y hacia atrás.

¿Cómo podemos combatirlo?

Es muy difícil porque es un equilibrio muy inestable. El equilibrio consistiría en ver una realidad que no nos gusta, explicarla y programar respuestas para evitarla, pero el tiempo nos caza y nos gana la batalla. Es lo que ha pasado, por ejemplo, con toda la política de concienciación y erradicación de la violencia contra la mujer y los niños. Algunas soluciones que han aparecido son, paradójicamente, agresivas y violentas, porque lo que quieren es imponer más. En vez de trabajar por la conciencia social, se trabaja por la prohibición. En el caso de las penas, en España no existía la cadena perpetua, pero se introdujo la prisión permanente revisable y el discurso dominante es el de endurecer el castigo.

La prisión permanente revisable no se ha derogado pese a que el actual Gobierno es de orientación más progresista que el del PP.

Ni se derogará, porque estamos en una política de endurecimiento punitivo y del castigo, que está asociado al pánico social. Es una pena, porque habíamos alcanzado un nivel de conciencia social y de rechazo a la violencia que no comportaba esa gran preocupación por el castigo.

¿Qué papel jugamos en este estado de pánico los medios de comunicación?

Si dejamos al margen las guerras y conflictos internacionales, en España seguramente hoy vivimos uno de los momentos menos violentos de la historia. Pero en cada informativo puede haber hasta 20 minutos hablando de noticias de violencia. Antes, para ver tantos sucesos tenías que leer El Caso, un semanario especializado, pero no llegaban a los telediarios. Hace unos días, el periodista Santi Tarín contaba tres crímenes del año 1957 en Barcelona que hoy abrirían todos los telenoticias y entonces no lo hicieron. Esta situación tiene de positivo que tenemos más conciencia, y de negativo que provoca miedo. A día de hoy, el miedo ha ganado a la conciencia, cuando hace diez años era al revés. Todas estas noticias, más las redes sociales, tienen un impacto enorme.

¿Los medios somos poco conscientes del papel que jugamos? ¿O preferimos mirar hacia otro lado?

Si por los medios de comunicación se entiende los periódicos tradicionales, creo que quizás sí lo son, pero el ecosistema mediático es mucho mayor. Por no hablar de las redes sociales. En TV3, la semana después de que acaba Crims, va y emiten una serie sobre… crímenes. ¡Es horroroso! O el debate sobre el libro El Odio. ¿Todo esto a quién beneficia? Su autor dice que no quiere ganar dinero, pero él y la editorial dinero van a ganar. Al final, se acaba provocando una sensación de que estamos en el peor de los mundos, que los humanos somos el animal más peligroso que ha hecho la naturaleza, y eso es una creencia del todo errónea.

La creencia de que estamos en el peor de los mundos es totalmente errónea

A nivel mediático y político también se ha incrementado el interés por los robos y los llamados “multirreincidentes”, un tipo de delincuencia bastante habitual.

El problema es que la información que se tiene es como una foto fija del momento. Para poder entender si está yendo mejor o peor, hay que hacer una traslación hacia el pasado para ver qué pasaba y qué no pasaba. Por ejemplo, el tema de las armas blancas. En Catalunya y en España existía lo que se llamaba la cultura de los navajeros en los años 60. Esto quiere decir que los fenómenos delictivos cambian con el tiempo y no todos lo hacen igual.

Lo que sí ha cambiado es que ahora tenemos mucha más capacidad de contar y descubrir cosas. En los años 70, el robo de una cartera era probablemente más habitual que ahora, pero nadie lo anotaba ni publicaba. Vivimos una paradoja: posiblemente la delincuencia en promedio baja, pero existe una gran sensibilidad y se dan todos los datos, de forma que nos parece que está aumentando. La verdad es que los científicos que nos dedicamos a esto no tenemos claro qué está sucediendo, porque en la criminología hay lo que se llama la cifra oculta.

Ahora cada vez se denuncian más hechos delictivos que antes no se denunciaban.

Cuando se dedican recursos a combatir esta cifra oculta, se descubre mucha más delincuencia. Además, el ciberdelito ha roto todos los esquemas. En los años 50, no había ciberdelito. El estafador era un señor que trabajaba en una caja, pero ahora puede hacerlo cualquier persona, incluso fuera de España.

Estamos en un territorio de arenas movedizas. Una sola cata te da una imagen que no corresponde a la realidad, más que a esa realidad transitoria. Cuando a principios de siglo los Mossos se desplegaron en Catalunya, también pareció que aumentaba la delincuencia común. Lo que ocurría, según decían desde Guardia Civil y Policía Nacional, era que los Mossos eran mucho más celosos cuando entraron y no permitían nada. La delincuencia tiene diferentes tipos y no se puede establecer una pauta común en todos ellos. Pero si se promedia todo, se acaban magnificando las pequeñas oscilaciones.

Más policía en la calle implica descubrir a más delincuentes, y luego los juzgados se colapsan.

Eso es lo que se llama la delincuencia oficial. Se reduce la cifra oculta, pero es imposible que sea al 100%. Hay otra fuente de información, las encuestas de victimización. La del Ayuntamiento de Barcelona es muy completa y es el mejor barómetro para conocer la cifra oculta del delito leve, porque hoy el 98% de los hechos violentos más graves con resultado de muerte se descubren. Es una fuente de información complementaria a la estadística policial y no encajan nunca, porque la policial subestima y la victimización sobreestima.


Pueyo, durante la entrevista

¿A dónde cree que nos lleva esta priorización por la seguridad?

No estoy muy seguro, porque se mezclan elementos políticos y mediáticos en los que no soy experto, pero la historia nos dice que es cíclico. En el mundo de la violencia sexual, pasamos de una represión total en el victorianismo al amor libre de los 60, y ahora parece que nos encaminamos a una situación de más prohibición.

Se quiere evitar que los niños vean pornografía infantil con mucho control y prohibiciones. Eso es un camino conocido y sobre esa dinámica se establecen iniciativas políticas que pueden ser un problema. Se pueden hacer políticas restrictivas y que sean acertadas, pero la situación actual y la experiencia no es esta, sino la de encaminarnos a un escenario de mayor prohibición. Cuando se dejan márgenes de libertad, ocurren muchas cosas: incrementos de ciertos comportamientos violentos, pero también descensos que generalmente no se anotan o no salen en la prensa.

¿Querer prohibir el acceso de los menores al porno es querer poner puertas al campo?

Totalmente. El acceso a la pornografía a edades cada vez más tempranas es dramático, pero eso no hay quien lo controle. Y digámoslo todo: hay miles y miles de adolescentes que ven pornografía violenta y no cometerán ningún delito violento. Otra cosa es que, a un adulto que ha cometido un delito violento, se le mira su historial y se encuentra que desde joven había consumido pornografía violenta… pues como tantas otras cosas.

¿Falta complejidad en todo este debate sobre el acceso a la pornografía de los menores?

La mayoría de los chicos que hacen conductas sexuales abusivas nunca se convierten en violadores. Y muchos violadores nunca han hecho conductas sexuales abusivas antes. Es todo mucho más complicado como para resolverlo con el argumento de que los niños que ven pornografía serán violadores cuando tengan 20 años. Esto no ha pasado. Ni va a pasar. Otra cosa es que es evidente que no es conveniente. Pensemos en lo que pasaba hace unos años con los videojuegos violentos. La gran mayoría de los chicos que se pasaban el día pegando tiros en la consola hoy no tienen conductas especialmente graves.

Hay miles y miles de adolescentes que ven pornografía violenta y no cometerán ningún delito violento

¿En general, diría que somos una sociedad más violenta?

No. Lo que sucede es que somos una sociedad más intolerante con cualquier tipo de violencia. Antes el castigo físico en la familia se utilizaba con una enorme frecuencia. En mi generación, en los colegios había mucha violencia física (además de sexual) porque se creía en el castigo físico. Hoy se tiene conciencia de que en realidad se hacía daño a los niños. Depende de si ponemos como criterio las guerras, la violencia interpersonal o la delincuencia, pero yo diría que, en general, la evolución de la sociedad occidental (en otras partes del mundo es distinto) ha ido hacia la pacificación.

Cuando vemos un fenómeno violento, ¿todavía priorizamos el castigo penal a otro tipo de solución alternativa?

El sistema penal tiene que inventarse algo más que el castigo. El castigo está inventado desde hace siglos. Al señor que ha robado 87 veces, ahora se lo quiere poner en la cárcel el máximo tiempo posible, y antes se le cortaba la mano. El mundo de la ejecución penal debe inventarse algún sistema más. Hemos avanzado en reeducación, en sistemas de rehabilitación, pero necesitamos algo más.

En el ámbito de la prevención, la educación es insuficiente. Hay que hacer algo muy delicado, que es la prevención secundaria. Implica detectar, antes de que alguien cometa un delito, la probabilidad de hacerlo. Y hoy las técnicas de desarrollo criminológico están en ese punto.

¿Qué es la prevención secundaria?

Hay tres formas de prevenir el delito. La advertencia general previa de que se irá a la cárcel si se comete un delito, la rehabilitación posterior para intentar que no se reincida, y la del medio, la prevención secundaria. Pensemos en la serie Adolescencia: ese chico en el colegio que parece que ha tenido un comportamiento que anticipa que puede convertirse en un agresor e intervenimos con él. Eso es un tabú todavía, pero es imprescindible porque, cuando el hecho grave ya ha pasado, los que le conocían ‘ay, pues algo habíamos visto…’.

Somos una sociedad más intolerante con cualquier tipo de violencia

¿Cuál sería la mejor forma de intervenir?

La pregunta del millón es, ¿podemos detectarlo sin hacer daño a los falsos negativos? Es decir, si un niño pega de forma exagerada a sus compañeros y se hace con él una acción de prevención secundaria, si realmente su futuro hubiera sido convertirse en un delincuente, lo habrás evitado. Pero, ¿y si su futuro no lo era y tú lo has provocado? Ese es el gran problema.

En violencia contra la pareja en jóvenes, ¿el control de un chico sobre su novia es un reflejo de una mala forma de relacionarse o un anticipo de que en el futuro pase algo más grave? Hoy por hoy, se prefiere no estigmatizar y el ‘ya veremos’, pero la criminología ha descubierto que hay trayectorias delictivas que empiezan muy pronto, y hay que intentar corregirlas.

Siguiendo con el ejemplo de Adolescencia, a lo mejor el protagonista hubiera rechazado igualmente una intervención.

El primer reto es cómo detectarlo sin equivocarse mucho (algunos errores siempre va a haber), y el segundo es cómo intervenir. En el caso de Adolescencia, la pregunta es: ¿se podría haber evitado? En caso de haber intervenido, ¿cómo habría reaccionado el adolescente? Hay un 100% de posibilidades de que ese chico, si sus padres le quitan el móvil, acceda igualmente a ese contenido a través del móvil de un amigo. Los padres son el último actor eficaz en la adolescencia (lo son en la primera infancia). Hay que hacer un tipo de intervención, porque con la educación general mucho más no se va a poder hacer.

Hagamos una analogía con el cáncer de mama: a las mujeres, a partir de una cierta edad, se les recomienda una revisión periódica. Si la exploración es dudosa, le hacen una biopsia y algunas biopsias dan falso negativo. A la mujer, todo este proceso, le habrá comportado molestias, pero al final sabrá que no tiene cáncer.

¿Con la educación no basta?

Todavía hay un convencimiento muy grande de que mediante la educación se puede corregir la conducta, pero desde siempre se ha sabido que tiene un efecto limitado. No se puede dejar de educar, se tiene que explicar qué está bien y qué está mal en la escuela y en casa. Pero creer que, solo con eso, se evitará el consumo de drogas o las malas pautas alimentarias, es un error.

La vulneración de la norma cuando se es adolescente forma parte de la propia maduración. Las sociedades han sido más o menos tolerantes con fenómenos más o menos graves. Nunca se ha tolerado que un adolescente mate a nadie, pero que un adolescente pueda realizar conductas problemáticas o abusivas que incomoden a su pareja no lo convierte automáticamente en un potencial violador de mayor. ¿Llevar ante un juez a un chico que le manda una foto de su pene a su novia es el mejor tratamiento para este chico?

La vulneración de la norma cuando se es adolescente forma parte de la propia maduración

Otro de sus ámbitos de especialización es la predicción del riesgo de reincidencia. ¿Qué factores intervienen ahí?

No podemos hacer una predicción exacta de qué va a pasar, pero sí tener en cuenta factores de riesgo. Un chico que tiene un comportamiento abusivo con compañera del instituto. Por sí solo, este hecho no anticipa un comportamiento violento en el futuro. Pero si tiene un grupo de amigos con los que todo el día están con temas sexuales y además, no le importa infringir las normas en su casa… Cuando se suman todos los factores, podemos medir el riesgo de que pase un hecho violento en el futuro, pero no la certeza de que pase.

Con un condenado que está a punto de salir de prisión, se mira la edad, la proyección de vida y se prevé qué puede hacer en los próximos dos años (no el resto de su vida) a partir de su historia anterior. Con los delitos que ha cometido, la historia personal, características de personalidad, inteligencia o creencias sobre la violencia, posibles adicciones o el respaldo familiar, entre otros factores, se crea un baremo con los riesgos y recomendaciones que pueden seguirse.

 ¿Todo el mundo que pasa por la cárcel es rehabilitable? ¿En qué proporción lo situaría?

La rehabilitación no depende solo del sujeto, sino también de su entorno y el contexto. En España conseguimos tasas bastante altas de rehabilitación. No podría poner una cifra, pero nuestras estimaciones de riesgo indican que el riesgo de reincidir es bajo en la mayoría de delincuentes. Aunque hay casos muy perseverantes, como los pedófilos. Es un grupo especialmente crónico. Son realmente muy complicados. Rehabilitar a alguien es una tarea casi artesanal más que científica.