En este tablero de disputas comerciales, imperios en declive y recursos menguantes, los aranceles no son simplemente herramientas económicas: son piezas estratégicas en una guerra por el control del trabajo, la tecnología y, sobre todo, de la naturaleza que queda
La política económica de Donald Trump está desconcertando a casi todo el mundo, empezando por la mayoría de los analistas económicos. Educados en la lógica del libre comercio como garantía universal de bienestar, muchos no entienden por qué Estados Unidos se aleja de un consenso construido desde la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, lo que parece una ruptura es, en realidad, un regreso a una vieja tradición económica estadounidense.
Ya en 1789 George Washington y su Secretario del Tesoro, Alexander Hamilton, apostaron por un modelo industrial protegido por altos aranceles. Frente a la tradición republicana de Thomas Jefferson y James Madison -quienes veían que la virtud ciudadana solo podía prosperar en comunidades agrarias pequeñas-, Hamilton defendía un gobierno fuerte con capacidad para impulsar la industria nacional. El problema es que habían sido una colonia del imperio británico, lo cual significaba que la pequeña industria estadounidense era débil y altamente vulnerable y que cualquier desarrollo industrial parecía condenado al fracaso. La industria británica disfrutaba de niveles de productividad muy superiores, de manera que podía colocar en el mercado productos manufacturados mucho más baratos que los estadounidenses. Para sortear esas dificultades Hamilton ideó un sistema que, en realidad, imitaba lo que los británicos habían hecho durante sus primeras etapas de desarrollo, un siglo antes.
El pilar del sistema hamiltoniano fue el establecimiento de niveles muy altos de aranceles, lo que encarecía el producto extranjero y protegía a la embrionaria industria frente a la competencia. Hamilton murió en 1804, víctima de las heridas provocadas durante un duelo con el entonces vicepresidente del país -cosas de estadounidenses-. No obstante, para 1816 su sistema económico seguía imponente y los aranceles suponían el 35% del valor de los productos importados.
Estados Unidos tenía algunas ventajas de las que no disfrutaron los países latinoamericanos que, con posterioridad a la segunda guerra mundial e inspirados en las ideas de Raúl Prebisch, pusieron en marcha el proyecto de ‘industrialización por sustitución de importaciones’. Estados Unidos era en el siglo XIX un país inmenso con tierras enormemente fértiles -que habían arrebatado violentamente a los nativos-, y disponía también de ingentes cantidades de madera, carbón, hierro y otras materias primas que, en consecuencia, no tenían que importar desde otros países. Para mediados del siglo XIX, el sistema de Hamilton había construido una economía industrial que ya rivalizaba con Gran Bretaña.
A finales de ese siglo apareció en la presidencia de Estados Unidos un personaje citado a menudo por Donald Trump: William McKinley. En España este nombre está asociado a la pérdida de las colonias de Puerto Rico, Cuba y Filipinas, pues fue él quien utilizó el proceso de independencia cubana como excusa para seguir expandiendo el imperio estadounidense. En todo caso, el político republicano defendía la protección de la industria nacional mediante la imposición de aranceles aún más altos. Según su visión, con esa política expansionista en el exterior y proteccionista en el interior se estaba defendiendo a la clase trabajadora estadounidense, a su industria y a su soberanía política. ¿Nos suena de algo?
En efecto, Donald Trump continúa la estela histórica que acabo de describir someramente. El presidente estadounidense no es un ser irracional, ni mucho menos un tipo enloquecido que ha perdido su brújula, como lo dibujan muchas veces los analistas progresistas y conservadores en Europa. Trump tiene un plan para su país que aúna una agudización del imperialismo y una guerra comercial contra el mundo. La cuestión es: ¿funcionará?
Los economistas convencionales dicen que no, e insisten en que los aranceles siempre son negativos para la economía. Eso es lo que escuchamos en las tertulias, donde por cierto apenas hay economistas y menos aún expertos en Economía Internacional. En realidad, la historia demuestra que esa conclusión no es necesariamente cierta. Los aranceles encarecen los productos internos, pero pueden tener otros efectos dependiendo de las características específicas de las economías en cuestión. Los casos de desarrollo económico de Gran Bretaña y Estados Unidos demuestran que pueden ser también instrumentos de crecimiento. Lo mismo revela el caso de China, que, como otros países asiáticos, ha crecido durante las últimas décadas combinando una política industrial del Estado con un sistema comercial altamente proteccionista. Sin embargo, los aranceles también pueden ser desastrosos, pues al final depende de cómo se diseñan y para qué se emplean sus recursos.
La manifestación de los problemas comerciales de Estados Unidos está en su cuenta corriente. Tiene un abultado déficit que expresa que sus ciudadanos compran del exterior muchos más bienes y servicios de los que sus empresas venden al resto del mundo. La diferencia la financian con la entrada de capitales, que se refleja en la cuenta financiera de la balanza de pagos. Con lo abultado de ese desajuste, cualquier otra economía hubiera entrado en una grave crisis de balanza de pagos. Por suerte para ellos, Estados Unidos tiene el respaldo del principal ejército del mundo -con orientación imperialista- y de la moneda de referencia mundial, el dólar, ambos procesos vinculados. El caso es que, al menos de momento, todo el mundo quiere dólares.
Ahora bien, según Donald Trump el problema es que el resto del mundo no quiere comprar sus productos. Otros analistas, más finos, pero en la misma dirección, como Michael Pettis, sugieren que el problema es que los salarios de los países como China y Alemania son demasiado bajos. Siguiendo la estela de Hamilton y McKingley, Trump quiere corregir los desequilibrios comerciales encareciendo las importaciones y desarrollando la industria nacional, incluso asumiendo costes a corto plazo para los consumidores en forma de inflación selectiva. Esto último es en lo que se basan la mayoría de las críticas procedentes de las posiciones más convencionales.
Pero ¿podría ocurrir que ambas perspectivas fueran erróneas por incompletas? Como ha explicado el economista Michael Roberts, el problema real es la tasa de beneficio y la productividad de la economía estadounidense. Lo que hay detrás de los desequilibrios en la balanza de pagos son las diferentes estructuras productivas que tienen los países, así como los cambios que están teniendo lugar en la división internacional del trabajo –como expliqué el otro día-.
El capital encuentra más rentable invertir en otras partes del mundo que en Estados Unidos, y aprovecha tanto la mano de obra barata como las mejores dotaciones tecnológicas y de materiales que se dan en economías como China. El país asiático tiene acceso barato a las materias primas que necesita para sus enormes empresas basadas en rendimientos crecientes a escala, mientras otros países tienen que importar esas materias de manera más cara y luego usarlas en centros de producción con una escala mucho más limitada. La madera, el carbón y la tierra que los estadounidenses tenían baratos en el siglo XIX son hoy los minerales que extrae China casi en monopolio a lo largo de todo el mundo.
En términos geopolíticos Roberts cree que estamos ante la expresión de la decadencia de Estados Unidos, de manera similar a lo que le pasó a Gran Bretaña a finales del siglo XIX. Yo estoy de acuerdo, si bien no hay nada escrito acerca de lo que pueda pasar a partir de ahora. El gran peligro es que Donald Trump sabe, o al menos intuye, que ambos procesos de desarrollo histórico en los que se inspira -de Hamilton a McKingley- exigieron entonces la apropiación de naturaleza barata mediante el ejercicio de la violencia, haciendo uso del colonialismo frente a los indígenas y del imperialismo frente al resto del mundo. Trump mira hoy a Groenlandia, a Canadá y a México como los dirigentes estadounidenses del pasado miraron con ansia los suelos fértiles indígenas, los fertilizantes peruanos y chilenos, el azúcar español y el petróleo oriental. De nuevo, lo que está en juego es el lugar de cada país en la nueva división internacional del trabajo en un contexto de crisis ecológica.
En este tablero de disputas comerciales, imperios en declive y recursos menguantes, los aranceles no son simplemente herramientas económicas: son piezas estratégicas en una guerra por el control del trabajo, la tecnología y, sobre todo, de la naturaleza que queda. Estados Unidos, con Trump o sin él, se enfrenta al límite histórico de un modelo que solo funcionó cuando pudo saquear libremente tierras, minerales y organismos. Hoy, al intentar revivir ese pasado con nuevas formas de coerción económica y militar, no solo desafía el orden mundial, sino también las bases biofísicas que sostienen cualquier economía. La pregunta no es si su estrategia funcionará, sino cuánto costará a los demás —y al planeta— este nuevo intento de restauración imperial.