A las mujeres nos adiestran en la obediencia y en la competición entre nosotras bajo la coartada de la mejora personal: la piel más tersa, el cabello más brillante, el cuerpo más elástico, la mejor madre, la mejor esposa. Si corríamos más, si éramos más bellas, más sexis, más ágiles, más tiernas, más listas, encontraríamos un lugar en este nuevo mundo
Y brotaron amapolas
Quizás todo comenzara en ese punto, no lo sé con certeza. En la intuición de que fuimos estafadas en vida y en muerte, esa obsesión por el pensamiento binario imperante empeñado en reducir la realidad a solo dos soluciones posibles de la ecuación que es vivir, negando la complejidad y robándonos la riqueza de alternativas: no solo en nuestra concepción de lo masculino y femenino, por poner un ejemplo, sino en todo el discurso y pensamiento occidental, maniatado por el juicio binario que nos condena a una castración sensorial sin precedentes. El bien y el mal, lo bello y lo feo, la ciencia y la mística, el cuento frente a la novela, lo masculino y lo femenino.
Quizás todo comenzara en ese punto, en esas conversaciones llenas de arañazos, cuando nos dijeron: Muy bien, pero no hay lugar para todas. No hay sitio para todas las hijas de las primeras madres trabajadoras, para todas las hijas de la emancipación de la mujer, de las primeras píldoras anticonceptivas, de las primeras mujeres divorciadas. No hay lugar para todas en las oficinas, en los comités de dirección, en la vida pública.
Nos lo creímos. Y no es que no lo hubiera, pero comenzamos entonces a jugar al juego de la silla, ya saben, todos los respaldos hacia dentro dibujando un círculo imperfecto, ese dar vueltas alrededor siempre al acecho, temiendo el momento en el que se detuviera la música que otro ponía, mirando de soslayo para que fuera otra la que se quedara sin un lugar donde habitarse. Nos lo creímos. A las mujeres nos adiestran en la obediencia y en la competición entre nosotras bajo la coartada de la mejora personal: la piel más tersa, el cabello más brillante, el cuerpo más elástico, la mejor madre, la mejor esposa. Si corríamos más, si éramos más bellas, más sexis, más ágiles, más tiernas, más listas, encontraríamos un lugar en este nuevo mundo.
Bebimos del mito que sostenía que la amistad entre mujeres era imposible, que nuestra naturaleza –y no lo social, y no lo cultural– nos hizo ser competitivas, recelosas y desconfiadas con las demás mujeres. Bebimos del mito de la literatura repleta de traidoras, brujas y enemigas, en lugar de tomar como referentes la amistad plasmada entre mujeres libres en los muros de la antigüedad más remota, mujeres que se cuidan y caminan del brazo, se siguen unas a otras, trabajan, descansan y participan juntas en rituales. Me lo creí durante años y todo ese tiempo alardeé de mi fidelidad a un concepto de amistad que me amputaba partes del cuerpo.
Con 19 años me escapé de casa de mis padres para ir a ver a mi novio canadiense a Toronto. Durante los días previos hice la maleta a escondidas en casa de mi amiga. Mi amiga me acompañó al aeropuerto. En casa de una amiga y con amigas vi por primera vez una película de dos rombos por error, Las edades de Lulú. Fui a varias clases de preparación al parto en Bilbao con otra buena amiga que exhalaba e inhalaba conmigo como si estuviera pariendo. Fue una amiga la que me sostuvo tras el divorcio. Otra amiga la que me acompañó al hospital cuando lo necesité. Con una amiga hice mi primer viaje fuera de España. La primera vez que confesé: No soy feliz, fue con una amiga.
Las mujeres hemos encontrado huecos donde habitarnos. Hemos sido hermanas de sangre en los patios de los colegios, cómplices en los baños de las discotecas, aliadas en las salas de espera de los hospitales, pero no todas lo sabíamos. Hemos aprendido a leernos en las miradas, a sostenernos en el caos, a reencontrarnos en la risa compartida. Hemos necesitado nuestro tiempo, claro. Parece que la palabra fraternidad no era posible aplicarla a las mujeres y hasta 2018 no aceptó la RAE el término sororidad. Al contrario de lo que decía el actor Antonio Gamero –“Yo a los amigos nunca les cuento mis problemas ni mis enfermedades. Que los divierta su puta madre”–, yo hace tiempo que con mis amigas comparto miserias y miedos.
Pienso a menudo en aquellos tiempos en los que se nos hizo creer que otra mujer era la culpable de no recibir lo que merecíamos. A mi hija adolescente le he leído por capítulos todos mis diarios donde hablaba una y otra vez de ellas. Espero que mis pozos hayan alumbrado algunos de sus recelos. Descubrí la amistad femenina en toda su amplitud muy tarde, hace apenas dos décadas. Fue una noche de verano en la que de pronto cesó la música y no había sillas suficientes. Se detuvo, así sin más, para dar paso al canto de las chicharras. Cuando fui a buscar mi hueco, ya no había ninguna libre. Yo había dejado de ser rápida por aquellos días.
He hecho alguna buena amiga a la edad en la que ya no se hacen amigas, eso es cierto, aunque creo que nunca con el mismo ardor con el que perpetramos la amistad en la infancia y adolescencia. Mis amigas y yo nos vemos poco, pertenecemos a mundos diferentes, vivimos en ciudades diferentes, con religiones distintas y opciones políticas que no siempre se parecen. Pero compartimos una patria: la amistad. Y cada vez que nos encontramos –unas cuantas quedadas al año, algún viaje, varias llamadas– volvemos a sostener la bandera de las niñas soñadoras que fuimos.
Con ellas comparto la cháchara de la vida, esas conversaciones aparentemente livianas que no hacen sino regalar profundidad a los brillos del mundo que habitamos. Mis amigas y yo guardamos chácharas en los bolsillos y las sacamos en cada encuentro. A veces nos basta con un mensaje fugaz, una risa compartida en el momento preciso, un ¿te acuerdas? o un llanto que abre una grieta en el tiempo y nos devuelve intactas. No hay tronos ni podios. Hay veces en las que cesa la música, es cierto, pero en este pacto silencioso nos basta con el canto de las chicharras, como el latido de la tierra.