La América de Trump: niños para trabajar en los turnos de noche

La extrema derecha en Estados Unidos, y no solo allí, busca crear un país a su medida a partir de una ingeniería social perversa y humillante para muchos de sus ciudadanos, tengan o no los papeles que les exigen

El boletín del director – ‘Me despido por unas semanas’. Por Ignacio Escolar

No sé si te pasa lo mismo pero cada vez que leo un titular sobre las iniciativas que Trump y su gente pretenden impulsar tengo la sensación de vivir en una especie de distopía. Aún no sabemos cuáles serán las consecuencias de su política de aranceles y si acabaremos en un ‘sálvese quien pueda’.

Al anunciar tantas propuestas y tan descabezadas, algunas pasan más desapercibidas. Hay una a la que creo que deberíamos prestar más atención. Se trata de un proyecto de ley que va a debatirse en Florida y cuyo objetivo es flexibilizar la legislación laboral infantil para permitir a los adolescentes a partir de 14 años trabajar en turnos nocturnos durante los días lectivos. La ley actual les prohíbe hacerlo antes de las 6,30 horas de la mañana y después de las once de la noche. Además, van a debatir si acaban con los descansos de comida que tenían garantizados los chicos y chicas de 16 a 17 años. Soy madre de un adolescente y tal vez por eso me ha preocupado especialmente porque no quiero ni imaginarme que sería encontrarse en esa situación.

Detrás de semejante disparate está el gobernador Ron DeSantis, que fue precandidato por el Partido Republicano a la presidencia de Estados Unidos hasta que decidió retirarse para dar su apoyo a Trump. Es de los que presume de ser un defensor de la “libertad” tergiversando el sentido real del concepto. ¿Te suena?

A Ron DeSantis se le bautizó como la voz de “la nueva” extrema derecha aunque la verdad es que su agenda ultra se parece mucho a la de la vieja extrema derecha. Contrario al aborto, partidario de la pena de muerte y uno de los más duros en la persecución de migrantes. Desde reclamar a algunos hospitales que pidan información sobre el estatus inmigratorio de los pacientes en los registros de admisión a aumentar las multas a aquellos que contraten migrantes sin papeles.

“¿Por qué decimos que necesitamos importar extranjeros, incluso importarlos ilegalmente, cuando, como saben, los adolescentes antes solían trabajar?”, argumenta DeSantis. La política de expulsiones de este gobernador ha provocado que los empresarios se queden sin mano de obra suficiente para muchas de esas tareas que los que sí tienen papeles rechazan porque son las peor pagadas y de ínfima calidad. Así que para arreglarlo no se le ha ocurrido otra cosa que cambiar la legislación y que sean menores los que asuman estos empleos.

Algunos corresponsales han recordado estos días que, según el Departamento de Estadísticas de EE.UU., incluso antes de aprobarse esta controvertida ley, el número de violaciones del trabajo infantil en Florida prácticamente se han triplicado.

Los historiadores consideran el siglo XX como “el siglo del niño” porque hasta entonces no se entendió que su bienestar no es solo responsabilidad de las familias puesto que también las administraciones intervienen en su formación o en garantizar su salud.

Respetar a los ciudadanos, tengan la edad que tengan, es respetar sus derechos. Desde la Declaración de Ginebra sobre los Derechos del Niño (1924), la creación de UNICEF (1946), la Declaración de los Derechos del Niño (1959) a la Convención sobre los Derechos del Niño, firmada en 1989 por 140 países, establecen unos mínimos que no deberían cuestionarse. Esta última señala en su artículo 32 que “los Estados Partes reconocen el derecho del niño a estar protegido contra la explotación económica y contra el desempeño de cualquier trabajo que pueda ser peligroso o entorpecer su educación, o que sea nocivo para su salud o para su desarrollo físico, mental, espiritual, moral o social”. En este tratado se entiende por niño “todo ser humano menor de dieciocho años de edad, salvo que, en virtud de la ley que le sea aplicable, haya alcanzado antes la mayoría de edad”.

Para que una sociedad funcione con unas bases éticas es imprescindible que aquellos que la conforman no sean humillados por sus instituciones. En este caso es evidente que tanto los migrantes, a los que se trata como ciudadanos de segunda, como a los adolescentes, a los que se les quiere recortar derechos, no están recibiendo el trato que merecen. Se les pretende denigrar de una manera que es inaceptable.

Como explica el filósofo Avishai Margalit en ‘La sociedad decente’ (Planeta y editado en catalán por Arcàdia), las administraciones tienen la obligación de proteger a los integrantes de la comunidad de los abusos de la sociedad de mercado. Garantías contra la pobreza, el sinhogarismo, la explotación, las condiciones de trabajo degradantes y la exclusión del sistema educativo y sanitario de aquellos que no pueden pagar estos servicios.

Trump, pero no solo él, están dibujando un nuevo orden que va cada vez más en el sentido contrario, con sociedades que desprecian a una parte importante de sus ciudadanos. Y lo que es aún más incomprensible, con el aplauso de otra parte de ellos.

Margalit establece algunos requisitos, me atrevería a decir que básicos, para que entendamos qué es respetar a los ciudadanos. Os resumo tres:

El trato no debe ser graduable puesto que el respeto debe otorgarse de manera igual a todos los seres humanos.
No puede ser objeto de abuso, es decir, no puede darse ningún motivo para la aversión o el menosprecio.
La justificación tiene que ser humanista, esto es, sin recurrir a entes divinos. 

Asad Haider, autor de ‘Identidades mal entendidas. Raza y clase en el retorno del supremacismo blanco’’ (Traficantes de sueños), ha teorizado sobre las dificultades para organizar movimientos en defensa de los trabajadores en un país como Estados Unidos y especialmente desde la perspectiva antiracista. Él es hijo de padres pakistaníes y creció en Pennsylvania.

“El neoliberalismo, en realidad, constaba de dos fases: la primera, el proceso gubernamental de reestructuración social, política y económica que apareció como respuesta a la crisis del capitalismo de posguerra; y la segunda, una ideología que dictamina que las relaciones de mercado nacen de la ingeniería social”, defiende Haider.

Desde su defensa de las clases más desfavorecidas reivindica la necesidad de impulsar la “educación política” para frenar a la extrema derecha en Estados Unidos (y por extensión en el resto de países en los que sigue creciendo).

La ley que impulsa el gobernador de Florida, igual que toda la política Trump, busca crear un país a su medida a partir de una ingeniería social perversa y humillante para muchos de sus ciudadanos, tengan o no los papeles que les exigen. Deberíamos alzar la voz en su nombre y en el nuestro porque no solo allí hay políticos dispuestos a implementar este darwinismo laboral.

Te deseo un buen fin de semana.