Propongo que sean los fascistas quienes no puedan escapar de la memoria. Estoy convencido de que es así como hallaremos la mejor forma de condenar el régimen franquista y de no permitirle a sus seguidores, ni a los victimarios, el dulce privilegio del olvido.
El dios del Antiguo Testamento se caracteriza porque, después de la Creación, no dejó de destruir; desde los diluvios de Noé hasta los fuegos de Sodoma. Sin embargo, hubo también un culpable elegido para salvarse de entre tanta destrucción, de nombre Caín. Lejos de ser un relato que nos hable del perdón o la misericordia, Dios marcó a Caín con el estigma de la culpa y le obligó a vivir y a cargar con ella por un mundo errante. Destruir la cruz del Valle de Cuelgamuros sería como el castigo a Sodoma, pero yo propongo una penitencia como la de Caín.
Por todos es sabido que la cruz del Valle no es solo un símbolo de la cristiandad, sino de la barbarie, cuando no de ambas. Cualquier devoto de las instrucciones de Jesús se sentiría aliviado de su destrucción, pues con ésta desaparecería parte de las pruebas de aquellos crímenes que se cargaron a la cuenta de . Los cristianos de buena fe en desacuerdo con las atrocidades del franquismo podrían, con la desaparición física del lugar del crimen, comenzar un proceso de olvido y tratar de lavar la sangre de sus símbolos. Por ello es tan sorprendente que sean los creyentes, aquellos que recibieron la doctrina “No te harás ídolo, ni semejanza alguna de lo que está arriba en el cielo, ni abajo en la tierra. No los adorarás ni los servirás” (Éxodo 20, 1-6), los más fieros defensores de la cruz de hormigón y cemento. Pero claro, quizá quienes encabezan las demandas contra Quequé o Esther López Barceló por proponer la destrucción de la cruz del Valle no lo hagan por lo cristiano, sino por lo fascista.